sábado, 7 de agosto de 2010

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lunes, 2 de abril de 2007

Ediciones Irreverentes publica Entre animales, de José Manuel Fernández Argüelles


Entre animales. José Manuel Fernández Argüelles (Ediciones Irreverentes. Novísima Biblioteca, 14)

Entre animales lleva al lector el conocimiento de un personaje egocéntrico, descreído y amoral, que considera a sus semejantes como animales con los que es inevitable convivir, aunque su deseo es apartarse de ellos por considerarse diferente.
La acción transcurre en Asturias, en un pueblo de la montaña. El hombre revive la época de la tragedia, la que marcó su vida, la que le hizo despreciar a las personas, la que le impide sentir amor por las mujeres que se cruzan en su vida y por las que no tiene más que deseo; se está animalizando, y lo sabe. Recuerda a diario una lección del padre: Los hombres son igual que los animales. Vivir al día, fornicar y comer, eso es todo.
La diferencia con las bestias está en sobrevivir a la mano del verdugo.La trama mantiene una gran tensión debido a las imprevisibles acciones del protagonista, marcado por las peculiares enseñanzas de su padre y por un extraño misterio que él mismo no descubrirá hasta el final. La obra entremezcla el drama psicológico con la intriga; las pulsiones sexuales con la violencia contenida, todo ello oscurecido por la mirada de un ser temible que se cree superior al resto de los hombres. En medio de una la intriga, buscamos explicaciones a aquello que empuja al ser humano hacia la condición de monstruo. ¿Terrible? Sólo basta con mirar a nuestro alrededor.La premisa más importante de esta obra es que el lector sienta placer con aquello que se narra y quede prendido en cada una de las páginas de la obra. El autor pretende que la lectura de su novela sea entretenida; la trascendencia se descubrirá por añadidura.

José Manuel Fernández Argüelles nació en Asturias en 1957. Cuenta con algunos premios literarios en certámenes de cuentos y también de poesía. Ha publicado anteriormente dos novelas: Los Resucitados (2002) y La ira del hombre tibio (2005).
Más información en Ediciones Irreverentes

Primeras páginas de Entre Animales

Dos días antes de que la muerte de Laura fuese noticia y de recibir la llamada telefónica de su olvidada familia, sucesos sin relación entre sí, Bernabé padecía el turno de noche con el mal humor del sueño trastocado.
Aún faltaban varias horas para el amanecer y alejarse de aquellos ancianos torpes y quejumbrosos, que le pedían el imposible de una alucinación o la molestia de algunas palabras, aparte de los cuidados normales del transporte y la limpieza. De todas formas, no era un mal trabajo acarrearlos a la cama, al baño, al comedor y, por fin, al ataúd; pero las noches se le hacían largas con sus horas detenidas en el vacío y el silencio, iluminadas por fluorescentes que derramaban su brillo blanco por pasillos solitarios, junto con el zumbido
de alguna reactancia defectuosa. La medida del tiempo es contagiosa, y conviviendo con viejos los minutos dilatan su apariencia hasta la inmovilidad del hastío.
Pronto Bernabé decidió adormecerse en un sillón, acortando así la percepción de las horas. Y es que pocas noches ocurría algo más que el ruido de dos o tres puertas: algún residente al que todavía le sostenían las piernas y buscaba el recuerdo del calor femenino entre las pieles arrugadas de ancianas que también gustaban de evocar sueños con ternuras.
El celador deseaba dormir un poco. En la madrugada, la elegante residencia de ancianos no producía más sobresaltos que los provocados por breves quejidos lejanos. Al igual que con las puertas, tampoco Bernabé prestaba atención a esos lamentos cortos. Sólo si se prolongaban acudía para ver si la muerte rondaba o era el mal sueño del dolor o nada más que el desvelo de alguien que no podía soñar. Un vaso de agua y la oportuna pastilla introducida en la boca de labios rugosos remediaba la situación como el chasquido de unos dedos mágicos. Por la mañana se presentaría la doctora Tuñón, y con media sonrisa forzada diría que todo estaba bien o certificaría el inevitable fallecimiento, según los casos.
Bernabé logró conciliar el sueño, leve e incómodo, sobre el sillón de uno de los pasillos, aunque su descanso no duró hasta el ansiado amanecer. Algo lo despertó, pero se quedó inmóvil sin lograr mover sus músculos en los primeros segundos, durante los que aún seguía viendo cuerpos despellejados de animales colgados y abiertos en canal. Pero como siempre sucedía, el recuerdo del sueño se difuminó con el tercer parpadeo y sólo dejó el malestar pasajero de un dolor incierto. Pronto volvió a la realidad que se toca, se huele y se
acepta: la que no se olvida. Por fin fue consciente de que algo le había despertado. Se concentró en ese pensamiento e impulsó su corpachón fuera de la improvisada cama. En efecto, el pasillo traía sonidos
de tacones desacompasados, incluso percibió la fragancia de un aroma que, sin saber por qué, le resultó añejo. En cambio, nada de apariencia táctil se vislumbraba en ese instante. “Una vieja loca”, se dijo Bernabé. Acertó. Una anciana dobló el recodo del pasillo azulejado y frío, que hacía de travesía a múltiples habitaciones, y mostró la presencia trasnochada de un cuerpo viejo, soñador del tiempo perdido.
Apareció con sus zapatos de tacones anchos y un sombrerito apoyado en moño prieto; luciendo, sobre su pecho caído, el escote de un vestido floreado, de gasa y raso, cuya primavera se había marchitado en los años treinta.
Bernabé no se esforzó en llamarla. Anduvo con lentitud hasta la anciana y la tomó sin brusquedad por un brazo, después tiró de ella suavemente, para hacerla girar, y la condujo hasta su habitación.
La mujer, con los ojos perdidos en algún lugar frente a ella, obedecía al celador con sumisión. Era un cordero siguiendo los impulsos de la soga que lo dirige. Una vez al lado de su cama, se dejó quitar el ajado vestido y miró cómo el hombre lo colocaba sobre una silla, después permitió con abandono que introdujese sus huesos en el camisón hasta entonces perdido en el suelo.
Bernabé levantó con cierta delicadeza aquella apariencia de cuerpo humano para acostarlo y salió de la habitación sin haber pronunciado una sola palabra. “Es como mi padre cuando llevaba a los corderos”, pensó, al cerrar la puerta tras de sí.
El celador desanduvo el trayecto hasta el sillón de antes y se arrellanó en él con gesto de hastío. Estiró las piernas y dejó caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, pero el sueño no vino para impedir el goteo molesto de sus pensamientos. Animales, eso eran todos.
No sólo los ancianos que pagaban su espera de la muerte en las habitaciones contiguas, sino también el resto de los semejantes. Bernabé entretuvo el paso de la noche dejándose llevar a disgusto por elucubraciones sobre los seres que compartían con él su tiempo. Le contrariaban esos pensamientos, pues cavilar sobre los
demás resultaba molesto y comprender que él era diferente le inquietaba.
Animales. No podía evitar que sus congéneres asemejasen bestias que transitaban a su lado, por lo común mansas, estúpidas las más, agresivas algunas. Por fortuna él sabía dominar a los animales, conocía sus costumbres, sus vulnerabilidades, los puntos exactos donde modificar su conducta. Lo había aprendido de su padre con los cerdos, los corderos, las vacas que finalmente colgarían despellejadas y abiertas en canal de un gancho en el techo. Eran previsibles, aceptaban el tirón de la soga sobre el cuello para encaminarse hacia
donde los dirigían y mirar sin comprender los útiles definitivos del carnicero de turno. En este instante de su discurso interior, Bernabé llegó a los sentimientos ¿Se puede apreciar al cordero que te sigue sumiso mientras tiras de él con una cuerda y le acercas el cuchillo al cuello? No. Él, Bernabé, no reconocía ni amor ni odio hacia los humanos que en apariencia se le asemejaban. Convivía junto a ellos con la indolencia de quien permite a un perro pasar por su lado.
También Laura, ¿a qué negarlo?; también ella era como todos. Laura le satisfacía el ansia intermitente del sexo, sin embargo para eso servía cualquiera. Ella, de momento, era la que por voluntad propia y gratis se prestaba para tales urgencias, y sólo para ellas la requería.
¿Engaño? Quizá no, nunca había preguntado si la amaba. Bernabé suponía que también la mujer disfrutaba de los encuentros impregnados de silencio y semen a los que él reducía su trato. De todas formas, no le mportaban los sentimientos ni el placer con los que ella disculpase la frialdad del hombre que la cubría. Lo animales lo hacen así.
Toda la información sobre la novela Entre animales, de José Manuel Fernández Argüelles, en Ediciones Irreverentes

Relato El don Juan

El don Juan



La besó muchas veces esperando una respuesta que no logró. Después usó cientos de palabras, ya hermosas, ya desgarradas, invocando un amor sublime, mas nada consiguió tampoco. Por fin, la miró con enorme ternura, pero ella continuó ignorando todas sus artes. Derrotado, el conquistador se fue triste. Y cuando ya había comenzado a olvidarla, pero aún la frustración le dolía, descubrió que lo que de verdad había amado en ella era su silencio, y eso lo había obtenido. Dio así por bien empleada la aventura y la olvidó del todo.

José Manuel Fernández Argüelles, Biografía

Quién es José Manuel Fernández Argüelles
No sé por qué extraña costumbre, junto con los escritos de un autor ha de explicarse su vida. Mi vida nada más que es interesante para mí. En ella no existe lo que pudiera entenderse como de interés público. Sólo en mis ficciones sucede todo lo que es digno de ser mencionado. A pesar de este preámbulo, diré, al lector curioso, que mi nacimiento ocurrió en los inicios del año 1957, en el pueblo de El Entrego (Asturias).
Tras una infancia feliz y después de la juventud plena de estudios y lecturas sin medida ni más criterio que la abundancia, doy con mi cuerpo de adulto en el trabajo y la familia propia, pasando a residir entre los amables vecinos de Infiesto (Asturias) durante los años suficientes para ser tan de ellos como de los que me vieron nacer. Ahora resido en Nava (también dentro de Asturias), donde persiste la suerte de las buenas gentes. Si nos empecinásemos en sumar datos, hablaríamos de algunos premios literarios y cientos de escritos, unos en Internet y otros en el olvido, pero lo único que ahora importa es mi libro, puesto ante los ojos del lector sin más aval que la buena intención de entretener.
Ha publicado los libros Los resucitados (Editorial Visual Net, 2002), y La ira del hombre tibio, Septem Ediciones 2005.
Algunos de sus relatos pueden leerse en Cuentos tan cortos
Acaba de publicar en Ediciones Irreverentes su tercer libro, Entre animales.